CAMINANDO POR UNA ECONOMÍA QUE RENACE

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Una Economía que piensa, que aspira, que sueña, pero que principalmente SIENTE. Sí, así es, hablar de sentimientos en la Economía no es un error, de hecho, es darle la relevancia real a las decisiones de las personas que determinan la inversión, el consumo, el gasto y la senda de progreso por la que transitará un país, y toda una generación en desarrollo desde su seno.

¿Qué siente nuestra Economía?

Parece que hay una tormenta de sentimientos encontrados, entre una apatía cultivada por más de 15 años, y una repentina esperanza que mueve las fibras de quienes, tal vez ingenuamente, creen que Venezuela volverá a ser la misma que fue hace 20 años atrás.

Pero, para acercarme a este sentir, debo acercarme a la base de la ECONOMÍA DIFERENTE que promuevo. Por eso, el 10 de febrero de 2019, un día domingo, considerado antes como uno de los mejores días para el comercio en el país, decidí acercarse a un espacio icónico de Caracas, el Mercado Municipal “LA HORMIGA” conocido culturalmente en esta ciudad como “Mercado el Cementerio”.

¿Qué vi?

Pasillos oscuros, largas caminatas rodeado de soledad y silencio, interrumpidos en instantes por luz, música y vendedores que, con afán al verme pasar, me decía: “A la orden, pregunte sin compromiso…”  Al ver toda esa energía por lograr una venta, entendí que, entre pasillos casi muertos por el abandono, quedaba esperanza por salir adelante, por lograr una venta, por llevar comida esta noche a la mesa de la familia.

Entre preguntar precios y tomar algunas fotos ante la mirada curiosa de algunos comerciantes que casi parecían advertirme con sus gestos el peligro de sacar un Smartphone en ese lugar, seguí viendo, sintiendo y haciendo un poco mío el pensar de estas personas que, en este oscuro lugar, les brinda a ellos la única garantía de sentirse dueños de su propia economía, y con ello pueden lograr el progreso que aspiran.

Me acerqué a un pequeño local, en él atendía un señor mayor que se movió hacia mí con energía para ofrecerme su mercancía, tomé algunos de sus artículos para comprobar la calidad, elegí una pieza, la compré como excusa para preguntarle: “¿Usted cree que la situación del país va a mejorar?” De inmediato me respondió: “Estoy aquí desde 1978, en este mismo local, llegué siendo muy joven y ahora mi hija trabaja conmigo ya que no puedo sólo, es la primera vez que vivo algo así, una crisis como esta, sigo trabajando esperando que esto cambie, no sé qué otra cosa hacer, pero a veces parece que no hay salida…”

Seguí mi camino, y me topé varias veces con un señor que vendía algunas prendas pequeñas masculinas, me insistía en que las viera, por un momento sentí que el señor me seguía, luego pensé que eso era muy posible, ya que se podían contar fácilmente el número de clientes que recorrían esos pasillos, lograr una venta, era una tarea muy codiciada para todos los comerciantes en ese día.

Unos pasos después, entre “Santa Marías” que abrían y otras cerraban, escuché a una señora comerciante decir a otra con tono de voz preocupado: “Este es          el peor enero que he tenido aquí, el peor inicio de año, yo no sé ni por qué abrimos, aquí estamos perdiendo el tiempo…” Seguí caminando, y en un local cerca de un rincón oscuro, unos sexagenarios con acento portugués, saltaron al verme para ofrecerme prendas para damas mayores: “Son buenas y baratas…” decían con esmero, tomaron de nuevo asiento al ver que le di las gracias y seguí mi camino.

A medida que caminaba más, vi más clientes en los pasillos, muchos de ellos curioseaban, pocos compraban. Más del medio día sin ventas, se acerca la hora de volver a casa para muchos de estos comerciantes ¿lograrán llevar algo a casa?

Al salir de allí y caminar por el bulevar, con el Barrio “EL CEMENTERIO” a mi izquierda, en las alturas, casi que vigilante de todos los que ante sus pies caminábamos, miré alrededor y vi personas enfermas, niños en situación de calle, ancianos de ropas sucias y gastadas riendo ante algún chiste que compartían, personas con rostros desencajados, mirando artículos de segunda mano mostrados sobre el pavimento en mantas de tela que sirven de exhibidores improvisados. Caminando, escuchando a las personas, tratando de sentir lo que sienten, vi dudas, temor, desorientación en algunos casos. La Economía dejó de ser lo que fue para ellos alguna vez: “lo seguro”, cuando el flujo de dinero sin control en las calles, mucho de él producto de la renta petrolera, logró que el comercio informal creciera tanto o más que el formal.

En este recorrido vi, que los comerciantes tradicionales que se levantaron en la informalidad que permitía el excedente de consumo, ya no saben qué hacer, más que simplemente esperar un cambio que les favorezca. No había necesidad de invertir en marca, de mejorar el local, de comprar uniformes para el personal, de pagar publicidad, los clientes venían a ellos cual avalancha indetenible de compra, la única preocupación era ofrecer un mejor precio que el vecino competidor y lograr establecer alguna alianza para vender el mayor. Muchos de ellos te decían: “Somos fábrica…” cosa que no era más que la sala de una señora mayor con una máquina de coser y mucho talento con manos firmes y convicción inquebrantable.

Hoy, mucho de lo que fue ese comercio rápido, fácil y dinámico, parece que ya no existe ¿sobrevivirá? No lo sé. ¿Se reinventará? Creo que es obligatorio que lo haga. Lo cierto es que aún hay una buena parte de la sociedad que acude a este tipo de mercados por bajos precios, transacciones rápidas y personas sencillas a simple vista. Pues la decisión de compra es casi la esencia de la empatía, te compro porque eres como un espejo, y allí entiendo que compartes mis necesidades, por eso la empatía es la clave.

¿No es importante hablar de emociones en la Economía?

Si tu respuesta es NO, te invito a que vayamos a este mercado juntos, a que vivas y sientas esa sensación, a que te acerques a ese sentir, y a que redescubras el nuevo sentido práctico de la Economía, esa ECONOMÍA DIFERENTE que estoy empeñado en levantar para con ella, construir juntos un País y un Mundo Mejor.

Una buena parte de la sociedad lucha por tener el País que tuvieron hace 20 años atrás, un país entonces con muchas fallas, pero que le permitía a muchos un consumo mayor a sus expectativas y eso era garantía de felicidad para una buena parte de la sociedad. Ese país de consumo alegre, de omisiones conscientes porque el petróleo pagaba los errores, y de improvisar porque aun así se ganaba dinero, ese país dejó de existir y nunca más volverá. Es hora de que nos dediquemos a construir uno nuevo, mejor, más sólido, sustentable, donde la omisión no sea decisión sino un error circunstancial, un país en donde la calidad y la evolución social le den vida a la mejor y más competitiva Economía de América Latina.

Es el momento de una mejor Venezuela.

Leonardo Soto.

Economista I Empresario.

Asesor para América Latina.

El Economista de las Oportunidades

+ 58 414 6083529