ECLIPSE ECONÓMICO: La Frontera Venezuela-Colombia una mirada de cerca. Por Leonardo Soto. Economista

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Imágenes Originales tomadas por el Economista Leonardo Soto desde su dispositivo movil en el paso de frontera Venezuela-Colombia en la ciudad de Ureña estado Táchira Venezuela. Por razones de seguridad no fue posible tomar un registro fotográfico más completo

La frontera Venezuela-Colombia es hoy un lienzo de muchos matices. Miles de venezolanos cruzan a diario los diferentes puntos fronterizos hacia Colombia, especialmente desde el estado Táchira. Allí confluyen pesares, “alegrías” ante la posibilidad de comprar más barato, negocios turbios, y mucho miedo.

Con el propósito de constatar la realidad en la frontera, hace un par de semanas decidí enrumbarme en esta travesía, con mucho temor debo confesar, pues la hostilidad de la frontera, no es un simple rumor.

Llegué a la ciudad de La Grita estado Táchira, y desde allí, como cualquier ciudadano que va hacer compras en la ciudad de Cúcuta-Colombia, aprovechando el diferencial cambiario a favor del comercio desde el vecino país; me levanté a las 4:00 am y salí rumbo a tomar una buseta, microbús o camioneta (como se le conozca en tu región). Todos los puestos estaban vendidos, y obviamente el pago de los mismos era en Pesos colombianos, pues en las zonas muy cercanas a Colombia, desde Venezuela, se habla poco de Bs o dólares, el Peso Colombiano domina la escena económica.

Aproximadamente dos horas y media de viaje, desde La Grita hasta la ciudad de Ureña, Táchira al paso de frontera con Colombia. Al llegar, el chofer que nos llevó indicó con severidad: “A las 4 de la tarde en punto me voy, esté quien esté…” Algunas personas afirmaron riéndose, al parecer ya es rutina para ellos, y la advertencia del chofer no era tan severa como parecía.

Con mi costal vacío al hombro, caminé junto a cientos de personas que iban hacía el paso de frontera, la mayoría de las personas eran mujeres, el matriarcado toma fuerza ante la crisis. Veía sus rostros con disimulo, muchas lucían cansadas, tal cual, llevando una cruz invisible. Muchas llevaban consigo a niños pequeños; un señor cerca de mi notó mi observación y me comentó: “Cuando traen muchachos pequeños, las joden menos…”

Al llegar al punto de inmigración, una estructura dibujaba la línea a seguir: A la izquierda colombianos, a la derecha extranjeros. Pasé y di los buenos días, la respuesta fue lánguida, casi obligada, los funcionarios fronterizos colombianos escanearon mi carnet fronterizo con rapidez, los miré, y me puse en sus zapatos, un trabajo tedioso, de nunca acabar y que parece que no lleva a ningún lado, la monotonía es la asesina de la alegría.

Ya en suelo colombiano, tomé un Bus hacía el centro de Cúcuta, la radio sonaba a todo volumen, un programa pintoresco, en él hacían chiste de Uribe, Duque, Santos y un sin de sátiras contra Nicolás Maduro. Colombianos y venezolanos reían en el Bus, un momento de hilaridad ante un país sumido en crisis humanitaria.

El movimiento y el bullicio de Cúcuta era impresionante, vehículos particulares, transporte público, personas caminando con rapidez, se sintió de inmediato el cambio de Venezuela a Colombia. Hice el comentario, y la persona a mi lado me respondió con nostalgia: “Así era Táchira antes…” Guardamos silencio ambos, y seguimos mirando a través de la ventanilla de la unidad, como si el movimiento de la carretera fuera a llevarse consigo lo que sentimos en ese momento.

Hice una parada en un reconocido hipermercado colombiano, que antes existió en Venezuela. Antes del huracán de expropiaciones que aniquilaron a más del 40% de la plataforma empresarial del país. Los empleados del inmenso establecimiento nos recibieron con una sonrisa, en fila y uniformados, nos dieron la bienvenida, además de ofrecer muestras gratis de algunos alimentos preparados. Recorrí el establecimiento, era imposible que no me abordara la nostalgia, cuanto ha decaído nuestro país en tan solo unos años, cuanto mal pueden hacer algunas personas que no deberían estar en el poder, ya que no están preparados para usarlo.

Al salir de allí, caminé hasta el corazón del centro de Cúcuta, una mezcla variopinta entre comercio formal e informal, no muy diferente al otrora centro de la ciudad de Maracaibo, o el muy antes visitado Mercado de la Hormiga de Caracas, comúnmente conocido como “MERCADO EL CEMENTARIO”. Decenas de vendedores se acercaban a ofrecer sus mercancías, al ver las bolsas, sacos y carritos que muchos llevábamos con nosotros, era obvio para ellos que éramos venezolanos, y estábamos allí para comprar.

Música en las esquinas, vehículos iban y venían, taxis amarillos circulaban por doquier, locales atestados de compradores, cajas, sacos y bolsas chocaban contigo en medio de ese torbellino. Y Pues, como yo fui a comprar, comencé a colocar mercancía en mi saco, costal o bolsa resistente, los precios en comparación con Venezuela, mucho más bajos, podría afirmar que con un rendimiento promedio del 60% más que comprar en Venezuela, he allí la razón de que muchos decidan correr el riesgo de cruzar la frontera cada vez que pueden hacerlo.

En medio del bullicio y todas las personas, finalicé mis compras, así que caminé por el célebre Parque de Santander de Cúcuta, o popularmente conocido como “LA PLAZA DE LAS PALOMAS”, allí me detuve, vi a los niños alimentar a las palomas mientras estas revoloteaban entre cada grano de alimento que le lanzaban los muchos visitantes.

Decidí refrescarme con una cerveza, así que me senté en un establecimiento. Mientras tomaba mi bebida, mi mente se perdió un instante en un profundo pensamiento, al mismo tiempo que miraba la plaza de las palomas desde el establecimiento. Pero, un súbito grito me regresó a la realidad, era un hombre que, desde la calle, gritaba con brío y aparente inestabilidad mental: “¡Fuera los venezolanos! ¡Fuera! Sigamos el ejemplo de Ecuador, Perú y Chile, no los queremos ¡Fuera!”

Unos compatriotas venezolanos en una mesa cercana, me miraron, creo que nuestras miradas hablaron: ¿merecemos ser tratados así?

Ya casi era hora de regresar, así que tomé mi costal de productos y abordé un taxi para que me llevara al punto de frontera, venía la odisea más larga y tortuosa, lograr pasar sin ser extorsionado en el camino.

En el taxi, el radio encendido, un locutor mencionó que pronto cerrarían la frontera por las elecciones. Le pregunté al taxista: “¿Cierran la frontera el mismo día de las elecciones o antes?”. El taxista respondió: “Antes, pero no deberían cerrarla, Cúcuta se mueve gracias al comercio con los venezolanos…” Wow, pensé, que poderosa afirmación, dos países que se necesitan tanto, pero que a la vez se rechazan por decisiones ideológicas totalitarias (ya saben a quién me refiero).

Ya en paso de frontera, el calor era inclemente, puse el costal de los productos en mi hombro, y comenzó el recorrido de regreso a Venezuela, un trayecto que temprano en la mañana fue corto, pero que ahora parecía no tener fin. El peso de las cosas, el calor inclemente, el miedo a ser víctima del flagelo de la extorsión, una mezcla para destruir la voluntad de cualquier ser humano.

Ya en suelo venezolano, justo al pasar por el punto de control militar, un oficial me señaló y me pidió acercarme, era obvio, mi cara, mi forma de mirar, era primerizo y se notaba. Debo confesar que el oficial fue educado y respetuoso conmigo, lo trate igual. Me indicó que haría una revisión de rutina. Yo, con mi rostro goteando sudor, le respondí: “Adelante oficial… Revise lo que requiera” Tuve suerte creo, pues miré a mi alrededor, y otras personas en el mismo proceso de revisión, no les estaba yendo bien, a pesar de que simplemente traían algunos comestibles, de inmediato vi las “transacciones” que se generan a través de la necesidad y hambre de las personas.

El oficial me permitió el pasó sin mayor novedad, estreché su mano y le di las gracias, ambos fuimos educados y respetuosos en todo momento. Llegué tarde al bus, casi a punto de salir, el pasillo del mismo estaba totalmente atestado de costales, cajas, carritos de compras, como pude, coloqué mis cosas sobre otras cosas, y trepando entre las personas, logré llegar a mi puesto, sí también tocó hacer un poco de malabarismo.

Un nuevo temor venía en camino, si nos paran en puntos de control, seguimos en peligro de extorsión. Pero, nada ocurrió, más que revisiones de rutina de los documentos del chofer.

Esta vez el viaje de regreso duró tres horas y media, tal vez era el cansancio, pero me parecieron 6 horas. Justo antes de llegar a casa, la electricidad se fue, tocaba descargar las compras sin electricidad, aunque el clima es bondadoso, la oscuridad nunca es agradable.

Como en dos horas, regresó la energía eléctrica, tomé un largo baño y me tumbé en la cama, pensé por un instante: “Este es el día a día de miles de venezolanos…” Suspiré y debo confesar que se me hizo un nudo en la garganta.

Muy sinceramente les digo que esta experiencia ablandó mi corazón y abrió mi mente. Estar tan cerca de este hecho, puede cambiarte la vida, si lo vives como lo viven los millones de personas que pasan a diario por la frontera. La experiencia fue tan extenuante que de inmediato pensé jamás repetirla, pero recordé que no se puede entender verdaderamente la Economía y a las personas, si no se vive de cerca, si no se siente, si no duele en algunos casos. Por eso lo volvería hacer todas las veces que sea necesario.

Admiro a mi gente, admiro a la mujer férrea que hace esto dos o tres veces por semana, admiro al que se enfrenta tal hostilidad y aún así lo hace con una sonrisa, no porque sea conformista, sino porque sabe que con ese sacrificio podrá alimentar a su familia.

Hoy más que nunca estoy firme en mi propósito de construir una Economía Diferente, y todos los días saldré a la calle para aprender, para escuchar a las personas, para ser parte de la solución, como Economista, Empresario y ciudadano venezolano.

Construyamos juntos UNA ECONOMÍA DIFERENTE

Leonardo Soto

+58414-6083529

Lsoto@econleonardosoto.com

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